Miró por la ventana para ver solo el reflejo del tiempo, que la observaba divertido y seguro de su inevitable puntualidad.
Todo seguía verde y los jardines de los vecinos permanecían colmados de alargados tallos plagados de flores moradas. Lavandas- pensó Clara. Cuando llegó a Portugal por primera vez el olor a lavanda fue una de las cosas que más la atrajo del país. Ese aroma invadía todos los campos que atravesaban a bastante velocidad en el tren que la llevaba a Lisboa, su nuevo hogar. Aunque no estaba muy contenta con este viaje debía admitir que ese olor había conseguido tranquilizarla. Aunque solo fuera un poco.
Lavanda- Siguió pensando en aquellas flores que se mecían suavemente con el aire que levantaba el tren al pasar. –Como las flores a las que olía la abuela de Anastasia, la hija del Zar ruso- Recordando Clara uno de las múltiples historias que no hacía mucho tiempo su ama Isabel le contaba cuando se acercaba la hora de irse a la cama. Así continuó Clara, centrada en sus recuerdos y evitando pensar en que este solo era el principio de aquel viaje tortuoso, su vida.
Al llegar a Lisboa un olor muy diferente a las lavandas fue el que vino a recogerla a la estación. Belmiro, su futuro chofer y asistente personal olía a perfume de caballero y natillas con canela. Con el tiempo Clara descubriría que su chofer tenía un diente dulce que más de una vez le había proporcionado alguna bronca por parte de su doctor.- La casa le va a encantar, “donzela”. A mí personalmente me gusta mucha la zona sur, donde el sol entra de refilón a primera hora de la mañana y le da a la pared un color que me recuerda a la mantequilla casera- le contaba a Clara mientras ascendían con el coche por una de las empinadas calles que conformaban la ciudad de Lisboa. -¿Donzela?- Pensó Clara. No iba a necesitar demasiado tiempo para adaptarse a este nuevo idioma. Una preocupación menos para su lista.
ParaP
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